Serie Pensamiento y Análisis GTD-P | Documento 5

Gobernanza territorial: cuando la técnica y la política dejan de hablarse

En el debate público local suele asumirse que los problemas de gobernanza se originan en la falta de recursos, en la debilidad institucional o en la escasez de talento técnico. Es una explicación cómoda, pero superficial. El problema de fondo en muchos territorios es más silencioso y más estructural: la ruptura progresiva entre la técnica y la política. Dos lenguajes que deberían dialogar permanentemente han terminado operando en universos paralelos.

La administración pública local se ha tecnificado, pero no necesariamente se ha vuelto estratégica. Existen metodologías, indicadores, sistemas de seguimiento, matrices de planeación y marcos normativos robustos. Sin embargo, la técnica suele convertirse en un ejercicio aislado del proceso político real. Los equipos técnicos producen diagnósticos rigurosos que rara vez orientan la decisión final, mientras que la decisión política se toma bajo lógicas de oportunidad, presión inmediata o cálculo electoral.

No se trata de demonizar la política. Gobernar es un acto político por definición. El problema surge cuando la política prescinde de la técnica o cuando la técnica se refugia en una supuesta neutralidad que evita intervenir en la discusión de poder. En ambos casos, el resultado es el mismo: decisiones públicas que carecen de traducción estratégica.

En muchos municipios, la técnica se convierte en un apéndice justificativo. Se la convoca para respaldar decisiones ya tomadas, no para estructurarlas. El estudio llega después de la obra; la evaluación aparece cuando el proyecto ya es irreversible; el análisis se utiliza para legitimar, no para deliberar. Es una inversión del orden lógico de la gobernanza.

La raíz del problema no es operativa, sino cultural. Se ha instalado la idea de que la técnica es un asunto administrativo y la política un asunto de voluntad. Bajo esa separación artificial, la primera se vuelve decorativa y la segunda se vuelve impulsiva. La gobernanza territorial pierde su capacidad de articular conocimiento y poder en una misma arquitectura de decisión.

Cuando la técnica y la política dejan de hablarse, el territorio entra en una zona de improvisación sofisticada. Hay documentos, hay procedimientos, hay formalidad institucional, pero no existe un sistema de conversación estructurada entre evidencia y decisión. La administración funciona, pero no necesariamente aprende. Ejecuta, pero no acumula criterio.

Las consecuencias son visibles: políticas públicas discontinuas, inversión fragmentada, proyectos que responden más a ciclos políticos que a trayectorias territoriales y una ciudadanía que percibe gestión sin dirección. No es ausencia de acción; es exceso de acción sin coherencia.

Superar esta fractura exige algo más complejo que fortalecer oficinas técnicas o capacitar funcionarios. Requiere rediseñar el espacio donde técnica y política se encuentran. La gobernanza territorial necesita mecanismos institucionales que obliguen al diálogo entre evidencia y decisión. No como trámite, sino como condición de gobierno.

Esto implica crear rutinas deliberativas estables: comités estratégicos con información técnica obligatoria, evaluación previa de impactos, revisión prospectiva de decisiones relevantes y memoria institucional que trascienda periodos de gobierno. La técnica debe tener voz en el momento de decidir, y la política debe asumir que gobernar también es interpretar evidencia.

El reto no es tecnocratizar la política ni politizar la técnica. El reto es integrarlas en un mismo sistema de responsabilidad pública. La política define rumbo; la técnica traduce viabilidad. Cuando ambas se reconocen como partes de un mismo proceso, la gobernanza deja de ser un ejercicio reactivo y se convierte en arquitectura de futuro.

Un municipio que logra esa conversación permanente no elimina el conflicto —lo organiza. Y en la organización del conflicto reside la madurez institucional. Gobernar no es evitar tensiones entre técnica y política, sino administrarlas con criterio.

La gobernanza territorial contemporánea no falla por exceso de política ni por exceso de técnica. Falla por falta de conversación entre ambas. Y ningún territorio puede construir futuro si el conocimiento y el poder se ignoran mutuamente.